Cuando ya no merece la pena
En las relaciones interpersonales, por muy distantes, superficiales o tensas que puedan llegar a ser, trato siempre de que haya un mínimo de dialéctica.
Sin embargo, cuando veo el cierre, el rechazo o la
negación total en la otra parte, prefiero soltar y dejar ir: no me
gusta argumentar o discutir por el gusto de polemizar, así que al final
prefiero que la otra persona se lleve una sensación de quietud o
satisfacción y que pueda reafirmarse en sus convicciones, juicios,
opiniones o criterios.
En cualquier caso, como ya ha quedado
claro que ni mis palabras ni el (improbable) diálogo van a cambiar la
situación, prefiero que mi postura sea la más neutra o pasiva posible y
ahorrarme emociones innecesarias.
Así que a no ser que la persona o las circunstancias lo merezcan, prefiero desistir y soltar - dejar correr el agua.
Justamente eso me pasó hace poco en el mundillo del Ashtanga y dejar ir, por muy a mi pesar y con cierta tristeza, fue la única solución lógica y viable que me dejaron. Qué lástima y qué desperdicio...
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