Todo es devenir
| Prasarita Padottanasana A - mi pobre espalda... |
Elucubraciones tontas en un día de luna desatadas por la constatación de cómo ha venido cambiando mi cuerpo y cuánto me cuesta entrar en las posturas...
Si
partimos del concepto de que todo es transitorio, puede que lleguemos a
asumir que todo lo que nos rodea es temporal, incluido obviamente el
universo mismo. Todo, absolutamente todo. Por lo tanto nuestra alma,
nuestro espíritu, también lo es – a no ser que tengamos el apoyo y el
amparo de alguna creencia religiosa (una fe), o de alguna corriente
filosófica que contemple la atemporalidad del espíritu.
Si hay
que entender el espíritu en el sentido estrictamente etimológico de
“soplo vital” (lo que da vida al cuerpo), es posible que sea algo
claramente finito ya que llegado el momento en el cual nuestro cuerpo
cesa de vivir ese soplo se extinguirá al igual que se apaga la llama de
una vela al agotarse la cera.
Así que lo de nutrir el espíritu
con la convicción de estar alimentando lo único nuestro que no es
temporal, que no cambia, puede que sea una gran ilusión ya que quizá
estemos nutriendo algo que probablemente desaparezca cuando nuestra vida
termine.
No que eso sea vano, nada de eso, sólo que quizá
tengamos que quitarle esa aura de superioridad que ha tenido a lo largo
de los milenios. Puede que sea “simplemente” (!?) la chispa vital, ese
mechero químico-eléctrico que enciende la vida en las células y “nada
más” que eso. Con eso no estoy tratando de disminuir su importancia, más
bien de relativizar y matizar su papel y su “alcance” o trascendencia.
La
verdad es que se me hace costoso e incluso doloroso poner por escrito
estos pensamientos: no es una tarea agradable y amena expresar en
palabras la caducidad absoluta de todo. Pero quizá ese camino ayude a
dejar de preguntarse la razón, el porqué, el significado de la
existencia (“The meaning of life”, por decirlo con los Monty Pythons).
Si
todo es transitorio e impermanente (panta rei, anicca, anitya...),
entonces podríamos quitarnos de encima ese lastre del “por qué estoy
aquí”, ya que el hecho de llegar o no llegar a vislumbrarlo o imaginarlo
no nos va a dar ningún consuelo y tampoco ninguna angustia.
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