Al amanecer de un día de luna


Llevo un tiempo pensando en si realmente vale la pena que madrugue cada día para hacer mi práctica de Ashtanga.

Ahora como ahora no tengo claro qué contestar... quizá si tuviera algo más interesante qué hacer, que no fuera simplemente dormir, dudaría en decir que sí.

La motivación, como todo, no es algo que perdure inquebrantable en el tiempo. Así que las preguntas ¿por qué? y ¿para qué? me acechan y me obligan a reflexionar.

Los estímulos que me llevaron a empezar hace unos años no son los mismos que me están sujetando en estos últimos meses. Aquellos eran orientados hacia un cambio en positivo para mi cuerpo. En cambio, ahora el empuje es más interior, pero noto una falta de entusiasmo - de ganas, vamos.

Practico a menudo con un trasfondo de rabia, como si culpara a la práctica por un malestar que sé perfectamente que no viene de ella y que, en cambio, ella podría aliviar si sólo la dejara.

Quizá haya llegado a un punto en el cual las trabas mentales son más insidiosas que los burdos obstáculos físicos.

Quizá no entienda hacia donde voy, y eso me dé miedo.

Quizá se me haya perdido por el camino el aspecto "lúdico" de la práctica, y el exceso de rigor que ha tomado el relevo me esté incomodando.

Quizá esté dándole demasiadas vueltas a una simple etapa.

Sea lo que sea, ojalá pase pronto (¡bendita impermanencia!) y no me deje con el culo al aire como el rey desnudo.

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